Irak: el olor del miedo

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Salaam, de 6 años de edad, perdió la pierna por el impacto de un proyectil mientras jugaba al futbol con sus amigos delante de su casa. Ocho de ellos murieron y cuatro resultaron heridos / Foto: L.A.

El 23 de noviembre de 2015 Ahmed Yasir dejó de fumar. Estaba en el bazar de Telkaif cuando la hisbah le detuvo. Al cachearle encontraron en su bolsillo izquierdo el paquete prohibido bajo el mandato del Estado Islámico. Ahmed fue cosido a latigazos. Después, esposado y con los ojos vendados, le metieron en un furgón con otros tres hombres. Todos detenidos por el mismo delito.

Ya lo había advertido Daesh en su campaña antitabaco: “El cigarrillo mata, nosotros también”, rezaba el slogan que acompaña la imagen de un cigarrillo apoyado en un cenicero de cristal, del que brota sangre por la boquilla. Y es que, según su interpretación de la sharía (ley islámica), fumar se considera un “suicidio lento” y por lo tanto haram (pecado).

Fueron conducidos a Mosul y encerrados en un sótano con otras 120 personas. Allí hacinados descubrieron que no todos ellos habían sido condenados por fumar. El pecado de algunos había sido beber alcohol etílico mezclado con bebidas energéticas, el de otros llevar un peinado moderno o vestirse con pantalones ajustados. Ahmed sufrió once días de torturas, de vejaciones, de terror: “No podía pensar en otra cosa que no fuera la muerte. Si no era por ejecución, seríamos sepultados por una bomba”, explica bajando el tono de voz hasta el susurro.

Al decimoprimer día, de madrugada, le sacaron de aquel agujero y le volvieron a montar en una furgoneta junto a otros diez compañeros de celda. Se apearon en un campo a las afueras de la ciudad. “Ya está, me dije, se acabó. Y comencé a rezar por mi familia, por mi alma”, cuenta Ahmed. Él esperaba un disparo, en cambio le rompieron los dedos de la mano derecha y le ordenaron caminar en línea recta sin quitarse la venda de los ojos. “Jamás volváis la vista atrás”, gritaron los hombres al tiempo que arrancaban el motor y el sonido del coche se alejaba en la otra dirección.

Doce kilómetros separan Mosul de su ciudad natal: Telkaif. En agosto de 2014 este núcleo urbano que históricamente había sido habitado por mayoría asiria de fe cristiana fue ocupado por el Estado Islámico. Las iglesias fueron saqueadas, las cruces rotas. Gran parte de la población huyó, pasando a engrosar las cifras de desplazados internos en Irak, que ya superan los 3 millones durante los últimos tres años. Los que se quedaron vivieron en el infierno.

“Todos los días olíamos el miedo, olíamos la muerte”, dice Hadiya, una mujer de 56 años tocada con un hiyab blanco. Tenía tres hijos, ya no le queda ninguno. El mayor se abalanzó sobre un hombre que se iba a inmolar en un concurrido restaurante de Mosul un año atrás. “Mi hijo murió, pero también salvó la vida de muchas personas. Es un héroe”, afirma con cierto orgullo. Los otros dos trabajaban como oficiales de policía, pero cuando el ISIS ocupó la ciudad ella les escondió en su casa. “Durante dos años estuvieron encerrados. Nadie sabía dónde estaban, ni siquiera sus mujeres ni sus hijos”, asegura Hadiya. A finales de 2016, cuando la coalición internacional liderada por Estados Unidos avanzaba en su ofensiva contra el ISIS, varios hombres entraron derribando la puerta principal y se los llevaron.

“Esos hombres son asesinos del diablo, no hombres del Corán. Nosotros educamos a nuestros hijos en el islam, pero también en la libertad y en la dignidad”, dice Hadiya abrazando a su nuera que no puede retener las lágrimas al recordar de nuevo ese capítulo.

El 18 de enero de 2017 Telkaif fue recuperada por las fuerzas de seguridad iraquíes tras una batalla que destruyó parte de la ciudad. Desde entonces, algunos de los que huyeron van regresando poco a poco, pero se encuentran con que a pesar de ser libres no les queda nada: “no hay trabajo, no has servicios, no hay agua potable ni tampoco electricidad”, se queja Omar Husain, un hombre de 43 años que perdió a sus cinco hijos después de que enfermaran cuando huyeron durante la ofensiva militar. Ahora está en el único hospital de la ciudad, también enfermo y con pocas ganas de vivir.

El doctor Alkhafajee camina con prisa por los pasillos oscuros del centro de salud. “No hay electricidad y todas las vacunas se han estropeado”, cuenta atropelladamente este joven médico mientras se dirige a una de las salas. Todas las ventanas están rotas y parte del edificio fue dañado por el impacto de un misil contra uno de los muros. “Es muy frustrante ver cómo se mueren los pacientes por falta de medios, por falta de medicinas”, afirma con un gesto de resignación, dolor y cierta ira.

Pero a pesar del horror, Alkhafajee sabe cuál es su lugar: “Cuando todos se fueron yo decidí quedarme. La gente me necesitaba”, explica. “Quiero creer que veré con mis ojos un país próspero donde mis amigos los chiíes, suníes y cristianos viven en armonía, como lo hacíamos antes de la llegada del ISIS”, explica. “Algunos dicen que Irak no tiene futuro, que los iraquíes no conoceremos otro futuro que la guerra, pero yo soy un soñador. Confío en que saldremos adelante juntos” añade.

A la puerta del hospital también está Ahmed, que ha venido a hacerse una revisión médica, ya que aún no ha recuperado la movilidad de los dedos. Al preguntarle qué es lo primero que hizo cuando se sintió libre y llegó a casa, le entra la risa. Del bolsillo de su americana saca una cajetilla de tabaco, agarra un cigarrillo, lo enciende y tras la primera y honda calada dice soltando humo por la boca: “No es fácil dejar un vicio de 32 años”.

*Texto publicado en FronteraD el 19 de mayo de 2017

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