Líbano: refugiados sirios bajo la sombra del olvido

Fátima empuja a su hermano Alí Mohamed, en silla de ruedas, en un asentamiento para refugiados sirios en el Valle del Bekaa / Foto: Lys Arango

Fátima empuja a su hermano Alí Mohamed, en silla de ruedas, en un asentamiento para refugiados sirios en el Valle del Bekaa / Foto: Lys Arango

Por el camino de tierra que separa las hileras de tiendas de lona blanca, pasea Ali montado en su trono. Las ruedas de su silla están cubiertas de barro y su hermana Fátima empuja con todas sus fuerzas para evitar el atasco en el lodo. Ali Mohammed tiene 12 años y sufre distrofia muscular. Llegó a Líbano cargado en los brazos de su padre después de que el ejército bombardeara su casa en Homs.

Vive en Ghaze 003, uno de los más de 1500 asentamientos informales de refugiados sirios en el Valle del Bekaa. “Cuando llegamos pensé estaríamos solo unas semanas”, explica Ali. “Pero las semanas se convirtieron en meses y los meses en años”, dice con una profunda tristeza.

Ya van cuatro y su futuro se dibuja cada vez más complejo e incierto: no ha vuelto a ir al colegio y la situación económica familiar es dramática porque como explica Rui Oliveira, director de incidencia para la crisis siria en Acción contra el Hambre, “este es el impacto final después de tantos años de crisis: a estas alturas, el millón y medio de refugiados en Líbano han vendido las pocas pertenencias que trajeron y sus ahorros se acabaron en los primeros meses de refugio en el país”.

El padre de Alí era profesor, pero el gobierno libanés no le permite ejercer esta profesión. Como refugiado sirio solo puede trabajar en el sector de la agricultura, la construcción y el medio ambiente, aunque para ello también necesita un permiso de residencia, que tiene un coste de 200 dólares (unos 188 euros) al año. Incapaz de pagarlo, pasa días enteros sentado en el campamento a la espera de que le salga un trabajo informal como jornalero. “Me siento muy frustrado por no poder mantener a mi familia y cuando salgo tengo miedo de ser capturado por las autoridades libanesas sin documentación legal”.

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Una mujer carga un bidón de plástico para el agua en un campo de refugiados del Valle del Bekaa, Líbano / Foto: Lys Arango

Además, la ayuda humanitaria llega hasta un cierto punto: “Nosotros proveemos bienes básicos. Nos gustaría ir más allá, pero la situación legal de los refugiados no nos permite hacer proyectos a medio o largo plazo”, dice Oliveira. Llegado este punto, las familias sirias utilizan mecanismos extremos de subsistencia que llegan a generar casos de matrimonio precoz, prostitución, trabajo infantil y casos de explotación, según aseguran varios informes de Naciones Unidas.

Ali lo vive en su propia familia. Su hermano Ibrahim, de catorce años, trabaja en un campo de patatas por 5 dólares la jornada. “Es muy duro trabajar tantas horas al sol sin una sola sombra”, dice el pequeño. “Recojo las patatas en sacos de 20 kilos, que después tengo que cargar al punto de recogida”, explica.

Afortunadamente, el gobierno libanés ha dado muestras de resolver este asunto. “Esperemos que en poco tiempo se aprueben los permisos de residencia, sin costes, para los sirios registrados con ACNUR. La residencia es el primer impedimento, ya que sin papeles no se puede acceder a contrato de trabajo”, recalca Oliveira.

Ghaze, escenario de dramas

Un hombre inválido en el campo de refugiados del Valle del Bekaa, Líbano / Foto: Lys Arango

Un hombre inválido en el campo de refugiados del Valle del Bekaa, Líbano / Foto: Lys Arango

El campo de Ghaze es escenario de dramas de personas con discapacidad física y psicológica, y de otros afectados por la guerra. A pocos metros del hogar de Alí está la tienda de Najah, de 42 años, también originaria de Homs. Cuida de su hija ciega y de su marido, que quedó inválido al caer de una moto cuando huía de un bombardeo. Ambos permanecen todo el día sumergidos en la oscuridad de la tienda. Ninguno quiere salir. “Saldremos el día que podamos regresar a nuestro país”, dice el padre.

Najah no puede contener las lágrimas mientras cuenta su historia: “La vida se hizo demasiado dura en Siria. Creía que podríamos resistir, pero después de tres años de guerra me rendí. No podía más”. Ayudada por unos conocidos consiguió llegar al Líbano con su marido y su hija. Este ha sido su tercer invierno en el valle del Bekaa: “Un día creí que moríamos aquí dentro”, cuenta con la voz entrecortada. “Era una noche cerrada y la nieve caía con fuerza. El estruendo del viento era ensordecedor cuando de pronto la lona cedió por el peso y nos quedamos al descubierto”.

En esta ocasión la familia de Najah fue ayudada por ONGs, que desde el inicio de la crisis hacen una intervención específica de invierno con el objetivo reforzar las estructuras de los asentamientos. Si se dan casos de hogares colapsados, que no tienen ninguna viabilidad para sobrevivir, transfieren a estas personas temporalmente a otros hogares hasta que la nevada pasa y pueden arreglar sus casas. Pero desgraciadamente esta es una realidad que ocurre todos los años y si algo es seguro es que el impacto del invierno sería mucho peor si no hubiera organizaciones humanitarias que actuaran en este contexto.

En el Valle de Bekaa hay cerca de medio millón de refugiados que están expuestos a temperaturas extremas durante varios meses: en invierno, con el frío y en verano, con el termómetro rozando los 40 grados. Las familias viven en estructuras de plástico muy precarias. No tienen acceso a calefacción y muchas veces ni siquiera al agua porque se congela en los días más fríos. Para calentarse, hacen hogueras en el interior de las tiendas y como siempre, son los niños y los ancianos los que más sufren.

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Una mujer refugiada siria con su hija en su barraca del Valle del Bekaa, Líbano / Foto: Lys Arango

Sin embargo, a pesar del aumento de las vulnerabilidades, los fondos disminuyen de manera galopante. En 2016 se cubrió solo el 46% del llamamiento de Naciones Unidas a través del Plan de Respuesta Humanitaria para Siria, valorado en 3.180 millones de dólares. En 2017 se ha financiado hasta la fecha solo el 3% del llamamiento, valorado en 3.400 millones de dólares. “El apoyo internacional a las instituciones gubernamentales y a las comunidades locales se encuentra en un nivel que no es proporcional a las necesidades”, señala Jesús Capilla, responsable de los programas de agua y saneamiento de Acción contra el Hambre (ACH) en el Líbano.

Además, recuerda que la presión migratoria que sufre el país es inmensa: “Líbano tiene la concentración per cápita más alta de refugiados del mundo y por lo tanto el apoyo no debería ser sólo un imperativo moral, sino que también es indispensable para evitar que se sigan erosionando la paz y la seguridad en esta frágil sociedad y en toda la región”, afirma Capilla.

Abdul, el “shawish” (líder comunitario) de Ghaze 003, tiene gran conciencia sobre esta situación. “Debemos seguir luchando por mejorar nuestras condiciones como refugiados, pero sin perder de vista todo lo que Líbano ha hecho por nosotros hasta el día de hoy. Nos acogieron en su territorio y por lo tanto, son nuestros hermanos“, dice mientras ayuda a Fátima a empujar la silla de Ali, que baja la mirada avergonzado por haberse quedado atascado entre el barrizal.

La silla de ruedas de Ali, un refugiado sirio en Líbano / Foto: L.A.

La silla de ruedas de Ali, un refugiado sirio en Líbano / Foto: L.A.

*Texto publicado en el diario El Mundo el 15 de marzo de 2017

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