Chernóbil, las voces de una tragedia olvidada

“Todo pasó en unas horas. Eran poco más de las cinco, cuando me despertó el sonido del teléfono. Llamaba mi jefe que, sin ninguna explicación, me dio el día libre. Yo pensé: uy Dios, ¿qué habrá pasado? Pero amaneció un hermoso día de primavera, así que salí de paseo con mi esposa y nuestros dos hijos de tres y cinco años. Hacía poco que había terminado la construcción del parque de atracciones que se inauguraría el 1º de Mayo, en la gran fiesta nacional. Mi hijo mayor ya contaba los días para poder montar en la noria y los coches de choque.

Cuando regresamos a casa volvieron a llamar. Me dijeron que debía cerrar todas las ventanas e ir a trabajar esa misma noche. Supe entonces que había sucedido un accidente en la central nuclear la madrugada anterior. Y aunque Prípiat sería evacuada, yo me ofrecí de forma voluntaria a colaborar en la descontaminación. Volví al apartamento para despedir a mi familia, que cogieron sus documentos, algo de comida y ropa para tres días. Les vi alejarse montados en el autobús mientras a mi mujer se le escapaban las lágrimas y mis niños agitaban sus manitas sonriendo desde la ventanilla. Creían que iban de excursión.

La ciudad se vació en menos de tres horas. Con ellos, desaparecieron los ruidos, tan solo quedó el silencio. Yo pensé: qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto. Intentaba imaginar que volverían pronto, pero un presentimiento me decía que no. Quería llorar y, no sé por qué, no podía. Trataba, pero no podía”.

Iván Kuzmin es un liquidador de Chernóbil, ex habitante del monumento al sueño socialista: Prípiat. Una ciudad joven fundada en 1970 que cumplía con el estereotipo de urbe soviética: limpia, ordenada, ajardinada, con grandes avenidas, segura. Tenía inmensos bloques de apartamentos que daban cobijo a sus más de 50.000 habitantes. Pero el 27 de abril de 1986, un día después de la catástrofe nuclear de Chernóbil, fue evacuada en una flota de 1.200 autobuses. Han pasado ya 30 años y aún quedan otros 24.000 más para que pueda volver a ser habitada. Hasta entonces permanecerá como una ciudad fantasma.

—¿Se quedó solo?
—Los dos primeros días sí. Después nos juntamos varios trabajadores de Chernóbil en un mismo piso. Nos parecía menos desolador así.
—¿Era consciente del peligro que corría su salud?

Su mirada se fija en la taza de té que tiene entre las manos. Tarda unos segundos en contestar:

—¿Honestamente? No. Sabía que había radiación, pero a efectos prácticos no entendía lo que ello suponía. Yo era un simple cerrajero y nadie me explicó cómo me afectaría a lo largo de los años.

Kuzmin es un hombre alto y de cabello plateado, con una boca más bien dura y aspecto enfermo. Llegó a Prípiat con 22 años. Se enamoró de la ciudad y de su panadera, lo que le impulsó a establecerse y buscar trabajo a 3 km, en la central nuclear de Chernóbil. Fueron cinco años que recuerda como los más felices de su vida, hasta que el 26 de abril de 1986, el reactor número cuatro hizo explosión, liberando a la atmósfera una cantidad de radiación 200 veces superior a las de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

En ese momento, sin tener ni idea de la magnitud del desastre, 200.000 militares y 400.000 civiles de todas las repúblicas soviéticas se dirigieron a Chernóbil para luchar contra un enemigo al que la humanidad no se había enfrentado antes: la radiación. Fueron los llamados liquidadores, que bajo un gran desconocimiento de la situación y con un traje que apenas cubría las necesidades básicas de seguridad, se expusieron a niveles astronómicos de radiación para descontaminar y evitar el cataclismo nuclear. Muchos de esos hombres han muerto ya, el resto están enfermos. Su legado: una estructura de 35 metros de altura llamada “El Sarcófago”, que cubre el cráter del reactor y que evita que halla fugas radiactivas del interior.

La decisión más drástica fue evacuar y delimitar una zona de 30 km. Una zona que se vallaría, se militarizaría y, por qué no decirlo, se olvidaría. Una región entera que se la conoce como zona de exclusión, zona de alienación o la zona muerta. Iván y su familia, son unos de los miles de refugiados nucleares que provocó el accidente. Hoy viven en un barrio de la capital de Ucrania, Kiev, pero hay otros que se negaron a abandonar sus hogares.

Es el caso de Yusefa Ivanovav, una de los únicos cuatro habitantes que quedan vivos en Poliske, otra ciudad fantasma de la zona de exclusión. Si a mediados de los 80 tenía 12.000 habitantes, después de la catástrofe quedarían solo 20, de los cuales han muerto 16, la mayoría de viejos. En este territorio radiactivo, el bosque crece sin control. Ruinas de casas bajas con las ventanas rotas son visibles a través de una maraña de abedules, pinos y álamos. Los árboles se han adueñado de todo. Y en mitad de esta selva se halla la calle Shechenko, donde vive Yusefa, de 91 años.

— ¿Por qué no se fue con los demás?
—Porque aquí nacieron y murieron todos mis antepasados. Yo también crecí aquí ¿Acaso no tengo el mismo derecho? De alguna manera, Poliske me pertenece- subraya Yusefa con vehemencia.

Durante la evacuación, los soldados intentaron echarla, pero se negó. Ahora vive en la más helada soledad, sobreviviendo un año más. En el invierno de 1932-1933 resistió al Holomodor, la hambruna provocada por los soviéticos que mató a 7 millones de ucranianos; aguantó la ocupación de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial; se quedó viuda al año de casarse y después llegó Chernóbil. A pesar de su avanzada edad, Yusefa se mueve con agilidad y corretea feliz de recibir visita. Se alegra de que la hayamos traído comida para unos días. Cuenta que los soldados que custodian la zona también le traen alimentos una vez a la semana y ella mantiene con sus propias manos un huerto y un corral que rodea su pequeña casa de madera.

— ¿Le asusta la radiación?
— ¿Por qué iba a hacerlo? No muerde (ríe con ganas). No la puedo ver, ni oler, ni sentir.

Pero este enemigo invisible sigue causando estragos. Fuera del límite de exclusión la contaminación nuclear sigue impregnada en su tierra. Una despensa gigantesca de verdura, fruta, carne y leche salpimentada con altas dosis de radiación. Los habitantes del distrito de Ivankiv (con 30.000 habitantes), en la frontera de los 30 km, carecen del suficiente dinero para alimentarse con productos importados de zonas seguras, de modo que las enfermedades cardiovasculares y los casos de cáncer se han disparado desde hace 30 años en toda la zona.

La doctora Oksana Kadun, directora del hospital local asegura que “el 90% de los habitantes del distrito de Ivankiv tiene el estatus de víctimas de las consecuencias del accidente nuclear”. Hablamos en su despacho decorado con cuadros de verdes paisajes y motivos florales en la alfombra que cubre el suelo. Me enseña un mapa de la zona de Chernóbil con los cuatro distintos niveles de radiación: siendo la 1, la zona cero y la 3, el distrito de Ivankiv.

—La tasa de mortalidad de las personas en edad de trabajar ha aumentado 10 veces en comparación con los años anteriores a la catástrofe y la discapacidad de la población infantil es causada en el 30% por defectos de nacimiento.

Kandun es una mujer pausada, elegante, algo flemática. Se expresa sin agresividad, pero cada una de sus frases está cargada de razón. Dice que el panorama es alarmante, especialmente si se cumplen los estudios que afirman que el ADN de las células germinales que transmiten la información genética fue dañado por la radiactividad. Lo que sugiere que las secuelas de Chernóbil podrían perdurar durante varias generaciones. “Convivimos con una sensación de riesgo constante”, concluye.

En Orane, una aldea perteneciente a Ivankiv, con 500 habitantes, vive Vladimir Snidco, que con solo 12 años ya acumula cinco veranos en San Sebastián y dos operaciones de estómago. Es un niño rubio, sin brío, anémico. Se autoproclama forofo del Athletic de Bilbao y sueña con ser camionero “para viajar lejos de Ucrania”. El historial médico de su familia no es muy alentador: su madre nació el año de la catástrofe y ahora tiene en su mejilla derecha una protuberancia del tamaño de un huevo, su tío y su abuelo fallecieron recientemente fulminados por un cáncer de tiroides y su padre y sus dos hermanos sufren enfermedades relacionadas con el corazón. Ninguno tiene empleo. Subsisten con las hortalizas que cultivan, los animales de corral y el único ingreso económico que entra en casa: el dinero de la jubilación de la octogenaria abuela, Hanna.

Entonces, ¿Cuántas víctimas dejó Chernóbil? La cifra oficial desde el 86 hasta el año 2000 era de 30 muertos, una cifra que comprende únicamente a los empleados y a los bomberos que murieron la noche del desastre y los días posteriores. Una cifra, por supuesto, manipulada. Las Autoridades Soviéticas obligaron a los médicos a relacionar las defunciones o las discapacidades con alguna enfermedad anterior del paciente, nunca con Chernóbil. La peor parte se la llevaron Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

Por el aniversario del desastre, Greenpeace ha recopilado informes de Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud, publicados con anterioridad y han sacado a la luz la realidad. Una realidad parcial dado que nunca conoceremos la cifra exacta. Desde el año 1986 hasta hoy entre 50 mil y 100 mil liquidadores han muerto, pero además se espera que hasta el año 2065 se diagnostiquen 50 mil nuevos casos de cáncer y que para ese mismo año, otras 16 mil personas mueran con enfermedades relacionadas con el desastre. En total, entre heridos, evacuados, enfermos de leucemia, cáncer y en general el calvario que la gente continúa en vida hacen un total de 10 millones de personas. Las cifras no dejan lugar a duda: Chernóbil fue un auténtico infierno creado por el hombre y una macabra metáfora con el Apocalipsis:

El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella ardiendo como una antorcha. Se extendió sobre los ríos y sobre las fuentes de las aguas. Muchos hombres murieron. El nombre de la estrella es Ajenjo. (Y Ajenjo en Ucraniano significa Chernóbil). Apocalipsis de San Juan. Rev 8:10-11

 

*Texto publicado en el diario ABC el 24 de abril de 2016

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