El callejón sin salida de los refugiados sirios en Madrid

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Mohammed camina rápido, pero sin rumbo. Atormentado por las migrañas y los recuerdos de la guerra, no puede o no sabe parar. Toda la luz matinal de Madrid irrumpe en la Plaza de España, pero la mirada de este hombre de 65 años parece perdida en un rincón de Damasco. El verano pasado huyó junto a su mujer. Llevaba más de tres años esquivando los bombardeos, hasta que un día entraron unos hombres en su tienda de cerámica de la capital siria, le vendaron los ojos y le secuestraron. Tras varios días en una celda, su familia logró reunir 40.000 dólares para pagar el rescate. Ya no le quedó más remedio que «aceptar la muerte o el exilio».

En septiembre de 2014 llegaron a Madrid, adonde van a parar parte de los miles de refugiados sirios que se reparten por Europa. Vienen con lo puesto, aturdidos por la guerra y desorientados, tras cruzar el Mediterráneo de la mano de contrabandistas sin escrúpulos. Ahora les toca empezar de cero, construir una segunda vida lejos de Siria. Sin embargo, en España es difícil, saben que aquí no hay trabajo y que el entramado de acogida es incapaz de cubrir las necesidades básicas de todos.

«Pagamos a un traficante para que nos llevase a Suecia, pero nos abandonó en Valencia”, explica Mohammed. Meses después lograron pisar Estocolmo y, por el Reglamento de Dublín II, les devolvieron a Madrid. «Aterrizamos en Barajas con una mano delante y otra atrás», su voz se quiebra, tiembla su barbilla y cuando sus ojos se empiezan a empañar, gira la cabeza a un lado. Ahora residen en un centro de refugiados de la periferia madrileña, donde su único entretenimiento consiste en ir a clases de español cuatro horas a la semana. Viven con 50 euros al mes, hasta que en noviembre se les acaben las ayudas y tengan que buscarse la vida.

El verdadero reto para los refugiados consiste en esquivar el sistema de Dublín II, que fija qué país de la UE es responsable de examinar las solicitudes de asilo; normalmente el primero en el que pone las huellas el solicitante al entrar en la Unión. Como Mohammed y su mujer, miles de refugiados que se identificaron en una frontera española cuando entraron en el viejo continente vuelven o están pendientes de ser devueltos a la Península. ¿Por qué España nos atrapa si no puede ofrecernos una vida digna?», pregunta Mohammed con cierta desesperación.

Otro caso es el de Lara Ahrekel, una cristiana siria de 29 años. Estudió ingeniería civil en Damasco y trabajó en la Organización Internacional para las Migraciones. «Parece una macabra broma del destino. Nunca imaginé que algún día sería yo la refugiada», dice con voz suave en un inglés perfecto. Vivía con su familia en un barrio cristiano de Damasco. En 2010 su hermano pequeño tuvo que alistarse en el servicio militar obligatorio, que normalmente dura solo un año, pero con el comienzo de la guerra en 2011 no pudo escapar. «Si desierta, se arriesga al asesinato por traición».

A Lara le tocó trabajar hasta un día antes de su huida. El régimen se empeña en coreografiar una falsa normalidad en los barrios que controla, a pesar de los cuatro años de guerra y más de 230.000 muertos y, sobre todo, a pesar de que los figurantes que acuden a sus trabajos lo hacen paralizados por el miedo, sin saber si sobrevivirán o si, a la vuelta, su casa seguirá en pie. El detonante de su exilio fue cuando «los rebeldes empezaron a violar a todas las mujeres cristianas de la zona», cuenta la joven. Su padre juntó todo el dinero que le quedaba y la obligó a marcharse con su hermana y su madre. Llevan un año ya en Madrid. Los seis primeros meses fueron acogidas en un centro de refugiados, como marca la norma española, y después en una casa subvencionada por la ONG Accem. Las ayudas se agotan el próximo 1 de octubre. Así que en menos de dos semanas, serán indigentes, asegura.

Su caso y el de Mohammed no son los más trágicos, ni tan siquiera singulares. Son dos de los miles que existen, imposibles de cuantificar. En España los sirios son ya el segundo grupo más numeroso que intenta entrar por Melilla, aunque la mayoría ni siquiera solicita el asilo. Saben que tardarán más de un año y que, mientras tanto, estarán resignados a vivir en condiciones lamentables. Los que pueden continúan su trayecto hacia el norte de Europa sin poner sus huellas dactilares hasta su destino final.

Un sistema desbordado

Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el sistema de acogida español está desbordado. El aumento de solicitudes de asilo —6.202 en lo que va de año, en comparación a 2.588 de todo el 2012— no ha sido proporcional a un incremento de fondos. Por lo tanto hay menos recursos para cada refugiado. ACNUR considera «que, tanto la duración de los programas como la actual infraestructura de los servicios, incluidos los CETIS de Ceuta y Melilla, no están dando una respuesta adecuada y están exponiendo a muchas personas a situaciones de riesgo y de marginación».

Desde la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) explican que, si antes los solicitantes de asilo pasaban entre 9 y 12 meses en los centros de acogida, ahora es muy excepcional que sobrepasen los seis. «En tan poco tiempo es prácticamente imposible aprender un idioma y encontrar trabajo, sobre todo para gente traumatizada por la guerra», considera Raquel Santos Guillén, portavoz de CEAR.

Los países más demandados por los refugiados, como Alemania o Suecia, tienen claro que la integración es clave. El Estado es el principal interesado en que aprendan el idioma para que encuentren un trabajo cuanto antes, ya que no conviene eternizar la dependencia ni crear focos de marginación. Son conscientes también de que necesitan la mano de obra que los refugiados suministran. Ese sentido común queda aún muy lejos de lo que plantea el gobierno español.

Ahora que España va a acoger a 17.680 refugiados más procedentes de Siria y otros países en conflicto, tras aceptar la propuesta de la Comisión Europea, muchos refugiados que ya están asentados en el territorio se preguntan cómo lo van a hacer. «¿Se reducirán aún más las ayudas?», se cuestiona Amín, un sirio kurdo que llegó a Madrid hace pocos meses. Él, su mujer y sus tres hijos menores salieron huyendo de Kobane por miedo a ser aplastados por una bomba. Su periplo pasó por Líbano, Argelia, Marruecos y Melilla.

Los cinco viven ahora en un centro de refugiados de Getafe y se tienen que apañar con 90 euros al mes: 30 por cada adulto y 10 por cada niño. Él es un hombre fuerte y joven que habla con una pasión arrolladora: «El Estado podría aprovecharnos como trabajadores en vez de tenernos como parásitos chupando de la ayuda». Amin propone al Gobierno español que les concedan un espacio de participación y así poder crear una plataforma de trabajo donde ser útiles y evitar también caer en la indigencia.

No obstante, cualquier disyuntiva que planea en su horizonte es solo un parche en el camino. Aunque el término esté ahora en boca de todo el mundo, ninguno de ellos quiere ser refugiado. «Solo queremos que acabe la guerra y poder volver a nuestra tierra. Solo queremos vivir en paz».

*Texto publicado en el diario ABC el 18 de septiembre de 2015

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